
Las zanahorias se acababan de plantar, y ya amenazaban las primeras lluvias. Era primavera. Se podía caminar descalzo por la hierba, junto a aquel río que corría como fino hilo. En las márgenes crecía la hierba. Y como para señalar la vida, y hasta donde alcanzaba la vista, un mar de grietas se extendía infinito sobre la tierra. Se podría decir que allí no había vida. Aquello era silencio y aquella vista sombría, eludían cualquier presencia o cualquier compañía. Pronto sopló el viento y comenzaron a juntarse las primeras nubes. Era un viento húmedo, racheado y premonitorio. Las nubes obedecían sumisas, y formaron un cuerpo enorme que pronto oscureció el cielo, y poco después empezaran a sonar algunos truenos. Cayeron unas gotas, luego hubo un enorme estruendo que hizo temblar la tierra. Entonces aquel cielo insondable y herido de muerte comenzó a desangrarse. Cayeron las primeras gotas que formaron los primeros ríos, y crecieron y formaron otros mayores. Pronto se desató, y ya fue irremediable, gruesos ríos de tierra corrían hacía la vida..